sábado, 17 de julio de 2010

PARA: ANGELA


Que grandioso día fue aquel en el que vi por primera vez su rostro…

Era Un domingo, fiesta de San Antonio de Padua, un 14 de Junio como cualquiera para cualquiera, no para mi.

Me desperté con la leve palpitación de que algo cambiaría mi vida, pero no sabía que tan cerca estaba de la dicha o de la desdicha.

La vi por primera vez al darle la paz y desde ese momento mi mirada la seguía entre la multitud mientras comulgaba, mientras oraba, mientras cantaba; y al terminar la misa la abordé como era de esperarse. Quedo paralizada ante mi sonrisa, cualquiera pensaría que la estaba esperando, pero a diferencia de otras ocasiones cualquiera hubiese acertado. Ella era la mujer por quien estaba esperando, era la mujer por quien había vivido tanto tiempo en este pueblo, San Juan de los Moros.

Que pueblo este tan fascinante, tan mágico, que había logrado hacer de mi espera un placer; San Juan de los Moros, tan colorido, tan lleno de suaves olores, tierra de músicos, de escritores y de grandes amores. Ángela era su nombre, como la causante de una muerte anunciada pero tan virginal como Delgadina, el fino regalo de aquel anciano periodista a sus noventa años.

Le estreché la mano por segunda vez luego de responder a mi pregunta por su nombre, le sonreí como a nadie le había sonreído, y quede en blanco. Ella me sorprendió con una carcajada, y era de esperarse, pues el rostro mustio y silenciado no causaba más que risa. La única salida a mi silencio fue la IV Rima de Bécquer, a lo que ella agradeció con una dulce mirada. Nos interrumpió un pitazo, era su Madre y sus hermanos quienes la llamaban para el regreso a casa.

Nos restaban apenas 10 segundos antes de despedirnos y ella ágilmente me entrego su manto, con el que acostumbraban a ir la Mujeres a la Misa. Entendí claramente que lo que quería era tener una excusa para volver a verme o por lo menos para volver a reírse de mí; quedé de nuevo en blanco cuando la vi desaparecer de mi vista, pero tenía en mis manos su olor, con el que mi espera se haría más llevadera.

Llegue emocionado a casa, donde me esperaban solo mil hojas en blanco que al igual que yo esperaban por una historia, pero esta vez no me fueron suficientes, necesitaba un amigo, alguien a quien contarle cuanta emoción me había despertado aquella mujer con una simple estrechez de manos.

Jerónimo era lo mas cercano a un amigo era un joven huérfano que se encargaba de repartir el periódico. Jerónimo me miro con pesar y su saludo resulto ser una advertencia: “A Ángela solo la podrá ver un ángel”, él imaginó que eso me desanimaría, pero por el contrario, pensé, que era yo el que la podría ver.

Aguarde pacientemente que llegara el domingo, para que Ángela me diera su paz en misa. Me desperté ya no con una leve palpitación, sino con la firme convicción de que este nuevo domingo vería lo que ya había cambiado mi vida, su paz, su sonrisa. La vi llegar tan majestuosa, tan discreta que olvide que el resto de mundo existía. Emocionado me senté a dos filas de donde se encontraba ella, sin antes entregarle amablemente el manto inmaculado que me había encomendado en aquella inesperada despedida; el Cura se había convertido en mi aliado, sin el saberlo por supuesto, y como todos los Domingos, como en todas las misas, como todos los Curas, como en todo el mundo se hace, invito a dar la paz; que bueno que inventaron este momento, mi corazón palpitaba como si se quisiera salir de mi pecho, como si quisiera congelar el tiempo. Fueron solo 2 segundos, pero esto me bastaba para inspirarme, para esperar ocho días mas tocarle su suave mano.

El cura como siempre nos despidió bendiciendo la asamblea, aunque de nuevo yo me había anticipado a recibirla.

Ahora y por una inesperada distracción, como todas las distracciones que resultan ser inesperadas, perdí de vista a quien por ocho días ansié ver. Lamentando mi descuido, me sorprendió Ella con su dulce voz, y para fortuna mía no habría esta vez un pitazo que acabara mi dicha, pues su madre tenia tarde de te con sus amigas.

Fue ella esta vez la que navego por mi vida, hablamos por horas e ignoramos que no era el mundo solo para nosotros y así logre entender la advertencia de Jerónimo, pues su Familia los Blanco pertenecían a un linaje al que un escritor soñador como yo, difícilmente podría aspirar; pero mi admiración era tan fuerte que nada lograba atemorizarme.

Los encuentros dominicales se fueron convirtiendo en un hábito, y sucesivamente en costumbre, y mi amor por ella empezó a florecer como las bellas flores que adornaban a San Juan de los Moros.

Habían pasado ya 5 meses y esta bella Sanjuanera había robado mi corazón y este joven escritor el de ella. No había nada más que hacer aparte de amarnos, no había nada mas que hacer que ser felices juntos, aunque un burdo linaje nos lo impidiera.

La situación se fue tornando complicada al punto de querer su Familia apartarla por completo de mi. Pero esta presión lo único que logro en mi fue agilizar mi plan de escape. ¿Escape?... sí, escape, no había otra salida, yo no podría darle un final triste a mi propia historia, luego de haberme desbordado en generosidad en mis escritos.

Lo planeé una tarde de sábado, sabiendo que a Ángela la vería al día siguiente. Le escribí una breve carta con indicaciones precisas de sitio, hora y lugar, obviamente seria en el próximo encuentro nuestra huida, es decir, al día siguiente. La envié con mi único amigo Jerónimo, y de quien no sospecharían por su trabajo. Todo estaba calculado, como un escritor no lo puede hacer, pero por amor a Ángela había hecho un esfuerzo sobre humano por no perder detalle en la huida.

Jerónimo entregó el diario que en medio llevaba discretamente mi carta, a las 5 y media de la mañana en la casa de los Blanco, hora en que la Familia apenas empezaba a despertar, pero quien recibiría esta vez el periódico no seria Ángela, sino Gabriela su hermana mayor. ¿Qué podría salir mal si me había esforzado como nunca en la vida?

Pues como un novato analfabeta, no escribí en el sobre ni en la carta a quien iba dirigido. Gabriela abrió sin precaución la carta y se alegró enormemente al ver mi firma y no dudo un instante en armar su maleta y salir despavoría al puente del Río Santa Clara en el cual había indicado como punto de partida a mi amada Ángela.

Que sorpresa no grata me lleve cuando a quien encontré no era Ángela, sino Gabriela y ya nada podría hacer, pues había entregado mi cuarto en la pensión y había dispuesto todo para la huida. Nada que hacer no podía dar un solo paso atrás, ¿cómo explicarle a la familia la carta que Gabriela ahora había dejado en su casa explicando que había huido conmigo? ¿Cómo explicarle a Ángela el error que había cometido al no dirigir mi carta?, Nada que hacer, mas que continuar con la huida, solo que sin la emoción del vencimiento del amor y peor aún, huyendo por conservar mi vida.

Hoy es Fiesta de San Antonio de Padua, y sé que luego de 40 años Ángela recibirá mi explicación, la explicación por aquel bobo error de no dirigir mi carta, de no seguir con exactitud el ejemplo de los protagonistas de mis historias, por amor a Ángela… PARA: ANGELA.

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