sábado, 17 de julio de 2010

CON EL MUNDO A MIS PIES


Nací distinta, con el mundo a mis pies, con más retos, con más posibilidades de ser feliz, o por lo menos es lo que he aprendido de la normalidad que se esfuerza para encontrar la felicidad en lo distinto.

Vivo en una oscura ciudad, en la que pocos tenemos el lujo de robarnos las miradas y mas si se trata de ser una mujer blanca de cabello rizado, nada del otro mundo, pero a pesar de mi hazaña hay una mirada que no me logré robar, por el contrario se robaron mi necia mirada.

Mientras caminaba una tarde lluviosa con el cielo de sombrilla, venía uno más distinto que yo, imponente y amenazante con un rígido bastón, joven, sonriente, muy sonriente, disfrutaba de la fría lluvia como yo; era flaco demostraba liviandad en cada charco que saltaba, con la mirada fija y profunda y con un pesado morral que le ganaba la batalla al viento.

Pasó por mi lado y me ignoró, me regresé para seguir mirando su danza, porque eso parecía una danza primitiva, sólo que incrustada en la urbe.

Lo alcancé, y le pregunté: “¿te ayudo a pasar la calle?”, él me respondió con otra pregunta: “¿me das tu mano?” estirando la de él, pero me quedé sin respuesta, o mejor, nací sin esa respuesta.
Sí, nací sin respuesta.

Nunca había sentido vergüenza por mi condición, es más, siempre había sido motivo de orgullo, pues jamás había visto a alguien como yo, y no lo digo por no tener manos, sino por tener toda la atención del mundo sobre mi.
Le dije al oído lo que pasaba, el por qué de no poder darle mi inexistente mano, y me sonrió, otro me hubiese mirado con lástima, pero él tampoco podría mirarme. Si yo nací sin manos, el nació sin luz.

Cruzamos la calle juntos, y le pregunté como le llamaban al Joven muchacho que cautivaba con su sonrisa sin que él pudiera ver a sus cautivados.
Lucio, Abogado, ¿Abogado?, sí abogado. Como hiciste le pregunté, pero él no entendía mi tonta pregunta.
Le dio risa y me preguntó:” ¿y tu como te llamas y qué haces?”, le contesté: “Me llamo Victoria, y soy arquitecta”, “¿Arquitecta?, que bien, ¡lo hiciste!”
Reímos y entendí que si yo había nacido distinta, él había nacido parecido a mí.

Caminamos juntos el resto de la tarde, hablamos de lo que habla todo el mundo cuando se conoce, como personas normales.
Que tarde tan bonita, no fue soleada, pero estuvo llena de luz, por eso procuramos vernos mas de la mitad de las tardes de este último calendario.

Lucio, vive con su abuela, cerca a la Oficina de Abogados para la que trabaja. Sus caminos son los mismos, no porque no pueda caminar por otros, sino porque ha elegido los mas agradables, por eso es fácil adivinar por qué camino se dirige a su casa cada día y hora de la semana. Le fascina bailar, escribir y llorar. Pero llora, sólo de felicidad.

Qué presumida había sido, al pensar que nadie podría ser mas feliz que yo, aunque los que me veían por primera vez me vieran con una infundada lástima, a la vida llegué sin manos, pero en esto no me fijé jamás, elegí un oficio en el que es impensable no usarlas, pero he adquirido gran agilidad y precisión con mis pies. Siempre en cada salón de clase he tenido un escritorio diferente, pues no escribo en una mesa, escribo bajo mis pies. Estoy en la Tuna de la Universidad, y soy la sensación, pues soy maravillosa tocando la pandereta y sí, con mis pies, si tuviera manos, no recibiría tantos aplausos.

Con Lucio, no teníamos mucho en común, y eso era lo que mas nos agradaba, hablábamos de tantas cosas, de cosas tontas, de ciegos, de mancos, pero casi nunca de nosotros.
Nos premió la vida encontrándonos, y lo agradecíamos cada día que nos veíamos, o bueno, que yo lo veía. Si me miraban por ser distinta, al caminar con Lucio no solo nos miraban, nos envidiaban, no exagero cuando digo que despertábamos envidia, lo que para nosotros era natural, para otros resultaba ser un esfuerzo, solo le reprochábamos a la vida el no habernos encontrado desde que nacimos, pero se estaba reivindicando, porque no había nada que disfrutáramos mas que el encontrarnos.

Lucio, en una de aquellas tardes me vendó los ojos y luego se amarró las manos; caminamos por las mismas calles, yo con un pánico impresionante, pues luego de ser un complemento el uno para el otro, no éramos más que un par de creaturas desamparadas en medio de la feroz ciudad. No me cuesta imaginar lo mucho que nos miraban y lo mucho que pudieron haberse burlado de nosotros, pero lo que ellos no entenderían, era lo mucho que nos estábamos burlando de ellos.

Lucio se convirtió en mi mejor amigo, el hombre que jamás pensé encontrar, el cómplice que no imagine tocar, porque aunque no tenía manos, yo habría logrado tocar lo mas profundo de su alma, así como él sin tener luz, había logrado ver hasta el mas profundo de mis secretos.

No podemos vivir ahora el uno sin el otro, no como los enamorados, aunque nos amemos, sino como las personas distintas que somos. No somos el uno para el otro, no somos el uno sin el otro; no soñamos con el futuro, ya estamos en el futuro; él no desea unos ojos, como yo no deseo unas manos, no nos hacen falta, al contrario, sabemos que el día que aparecieran o los ojos o las manos, ya no nos necesitaríamos como hoy, ni disfrutaríamos de complementar al otro como lo hacemos ahora.

Cada línea de esta historia la hemos escrito juntos, somos los protagonistas pero no tiene un final feliz, somos felices, pero no hay final. Seguimos caminando por las calles, riendo a carcajadas sin importar la cantidad de espectadores, porque hemos comprendido, que no somos distintos, distintos son ellos que no se necesitan como nos necesitamos Lucio y yo.

No nacimos incompletos, nacimos para estar juntos siempre, por eso yo no me atrevo a decir que Lucio no tiene ojos, porque con los míos lo ve todo, y menos yo podría decir que no tengo manos, porque las manos de Lucio escriben lo que vivimos, y a nuestros pies entonces, tenemos el mundo, nuestro mundo.

PARA: ANGELA


Que grandioso día fue aquel en el que vi por primera vez su rostro…

Era Un domingo, fiesta de San Antonio de Padua, un 14 de Junio como cualquiera para cualquiera, no para mi.

Me desperté con la leve palpitación de que algo cambiaría mi vida, pero no sabía que tan cerca estaba de la dicha o de la desdicha.

La vi por primera vez al darle la paz y desde ese momento mi mirada la seguía entre la multitud mientras comulgaba, mientras oraba, mientras cantaba; y al terminar la misa la abordé como era de esperarse. Quedo paralizada ante mi sonrisa, cualquiera pensaría que la estaba esperando, pero a diferencia de otras ocasiones cualquiera hubiese acertado. Ella era la mujer por quien estaba esperando, era la mujer por quien había vivido tanto tiempo en este pueblo, San Juan de los Moros.

Que pueblo este tan fascinante, tan mágico, que había logrado hacer de mi espera un placer; San Juan de los Moros, tan colorido, tan lleno de suaves olores, tierra de músicos, de escritores y de grandes amores. Ángela era su nombre, como la causante de una muerte anunciada pero tan virginal como Delgadina, el fino regalo de aquel anciano periodista a sus noventa años.

Le estreché la mano por segunda vez luego de responder a mi pregunta por su nombre, le sonreí como a nadie le había sonreído, y quede en blanco. Ella me sorprendió con una carcajada, y era de esperarse, pues el rostro mustio y silenciado no causaba más que risa. La única salida a mi silencio fue la IV Rima de Bécquer, a lo que ella agradeció con una dulce mirada. Nos interrumpió un pitazo, era su Madre y sus hermanos quienes la llamaban para el regreso a casa.

Nos restaban apenas 10 segundos antes de despedirnos y ella ágilmente me entrego su manto, con el que acostumbraban a ir la Mujeres a la Misa. Entendí claramente que lo que quería era tener una excusa para volver a verme o por lo menos para volver a reírse de mí; quedé de nuevo en blanco cuando la vi desaparecer de mi vista, pero tenía en mis manos su olor, con el que mi espera se haría más llevadera.

Llegue emocionado a casa, donde me esperaban solo mil hojas en blanco que al igual que yo esperaban por una historia, pero esta vez no me fueron suficientes, necesitaba un amigo, alguien a quien contarle cuanta emoción me había despertado aquella mujer con una simple estrechez de manos.

Jerónimo era lo mas cercano a un amigo era un joven huérfano que se encargaba de repartir el periódico. Jerónimo me miro con pesar y su saludo resulto ser una advertencia: “A Ángela solo la podrá ver un ángel”, él imaginó que eso me desanimaría, pero por el contrario, pensé, que era yo el que la podría ver.

Aguarde pacientemente que llegara el domingo, para que Ángela me diera su paz en misa. Me desperté ya no con una leve palpitación, sino con la firme convicción de que este nuevo domingo vería lo que ya había cambiado mi vida, su paz, su sonrisa. La vi llegar tan majestuosa, tan discreta que olvide que el resto de mundo existía. Emocionado me senté a dos filas de donde se encontraba ella, sin antes entregarle amablemente el manto inmaculado que me había encomendado en aquella inesperada despedida; el Cura se había convertido en mi aliado, sin el saberlo por supuesto, y como todos los Domingos, como en todas las misas, como todos los Curas, como en todo el mundo se hace, invito a dar la paz; que bueno que inventaron este momento, mi corazón palpitaba como si se quisiera salir de mi pecho, como si quisiera congelar el tiempo. Fueron solo 2 segundos, pero esto me bastaba para inspirarme, para esperar ocho días mas tocarle su suave mano.

El cura como siempre nos despidió bendiciendo la asamblea, aunque de nuevo yo me había anticipado a recibirla.

Ahora y por una inesperada distracción, como todas las distracciones que resultan ser inesperadas, perdí de vista a quien por ocho días ansié ver. Lamentando mi descuido, me sorprendió Ella con su dulce voz, y para fortuna mía no habría esta vez un pitazo que acabara mi dicha, pues su madre tenia tarde de te con sus amigas.

Fue ella esta vez la que navego por mi vida, hablamos por horas e ignoramos que no era el mundo solo para nosotros y así logre entender la advertencia de Jerónimo, pues su Familia los Blanco pertenecían a un linaje al que un escritor soñador como yo, difícilmente podría aspirar; pero mi admiración era tan fuerte que nada lograba atemorizarme.

Los encuentros dominicales se fueron convirtiendo en un hábito, y sucesivamente en costumbre, y mi amor por ella empezó a florecer como las bellas flores que adornaban a San Juan de los Moros.

Habían pasado ya 5 meses y esta bella Sanjuanera había robado mi corazón y este joven escritor el de ella. No había nada más que hacer aparte de amarnos, no había nada mas que hacer que ser felices juntos, aunque un burdo linaje nos lo impidiera.

La situación se fue tornando complicada al punto de querer su Familia apartarla por completo de mi. Pero esta presión lo único que logro en mi fue agilizar mi plan de escape. ¿Escape?... sí, escape, no había otra salida, yo no podría darle un final triste a mi propia historia, luego de haberme desbordado en generosidad en mis escritos.

Lo planeé una tarde de sábado, sabiendo que a Ángela la vería al día siguiente. Le escribí una breve carta con indicaciones precisas de sitio, hora y lugar, obviamente seria en el próximo encuentro nuestra huida, es decir, al día siguiente. La envié con mi único amigo Jerónimo, y de quien no sospecharían por su trabajo. Todo estaba calculado, como un escritor no lo puede hacer, pero por amor a Ángela había hecho un esfuerzo sobre humano por no perder detalle en la huida.

Jerónimo entregó el diario que en medio llevaba discretamente mi carta, a las 5 y media de la mañana en la casa de los Blanco, hora en que la Familia apenas empezaba a despertar, pero quien recibiría esta vez el periódico no seria Ángela, sino Gabriela su hermana mayor. ¿Qué podría salir mal si me había esforzado como nunca en la vida?

Pues como un novato analfabeta, no escribí en el sobre ni en la carta a quien iba dirigido. Gabriela abrió sin precaución la carta y se alegró enormemente al ver mi firma y no dudo un instante en armar su maleta y salir despavoría al puente del Río Santa Clara en el cual había indicado como punto de partida a mi amada Ángela.

Que sorpresa no grata me lleve cuando a quien encontré no era Ángela, sino Gabriela y ya nada podría hacer, pues había entregado mi cuarto en la pensión y había dispuesto todo para la huida. Nada que hacer no podía dar un solo paso atrás, ¿cómo explicarle a la familia la carta que Gabriela ahora había dejado en su casa explicando que había huido conmigo? ¿Cómo explicarle a Ángela el error que había cometido al no dirigir mi carta?, Nada que hacer, mas que continuar con la huida, solo que sin la emoción del vencimiento del amor y peor aún, huyendo por conservar mi vida.

Hoy es Fiesta de San Antonio de Padua, y sé que luego de 40 años Ángela recibirá mi explicación, la explicación por aquel bobo error de no dirigir mi carta, de no seguir con exactitud el ejemplo de los protagonistas de mis historias, por amor a Ángela… PARA: ANGELA.