
Nací distinta, con el mundo a mis pies, con más retos, con más posibilidades de ser feliz, o por lo menos es lo que he aprendido de la normalidad que se esfuerza para encontrar la felicidad en lo distinto.
Vivo en una oscura ciudad, en la que pocos tenemos el lujo de robarnos las miradas y mas si se trata de ser una mujer blanca de cabello rizado, nada del otro mundo, pero a pesar de mi hazaña hay una mirada que no me logré robar, por el contrario se robaron mi necia mirada.
Mientras caminaba una tarde lluviosa con el cielo de sombrilla, venía uno más distinto que yo, imponente y amenazante con un rígido bastón, joven, sonriente, muy sonriente, disfrutaba de la fría lluvia como yo; era flaco demostraba liviandad en cada charco que saltaba, con la mirada fija y profunda y con un pesado morral que le ganaba la batalla al viento.
Pasó por mi lado y me ignoró, me regresé para seguir mirando su danza, porque eso parecía una danza primitiva, sólo que incrustada en la urbe.
Lo alcancé, y le pregunté: “¿te ayudo a pasar la calle?”, él me respondió con otra pregunta: “¿me das tu mano?” estirando la de él, pero me quedé sin respuesta, o mejor, nací sin esa respuesta.
Sí, nací sin respuesta.
Nunca había sentido vergüenza por mi condición, es más, siempre había sido motivo de orgullo, pues jamás había visto a alguien como yo, y no lo digo por no tener manos, sino por tener toda la atención del mundo sobre mi.
Le dije al oído lo que pasaba, el por qué de no poder darle mi inexistente mano, y me sonrió, otro me hubiese mirado con lástima, pero él tampoco podría mirarme. Si yo nací sin manos, el nació sin luz.
Cruzamos la calle juntos, y le pregunté como le llamaban al Joven muchacho que cautivaba con su sonrisa sin que él pudiera ver a sus cautivados.
Lucio, Abogado, ¿Abogado?, sí abogado. Como hiciste le pregunté, pero él no entendía mi tonta pregunta.
Le dio risa y me preguntó:” ¿y tu como te llamas y qué haces?”, le contesté: “Me llamo Victoria, y soy arquitecta”, “¿Arquitecta?, que bien, ¡lo hiciste!”
Reímos y entendí que si yo había nacido distinta, él había nacido parecido a mí.
Caminamos juntos el resto de la tarde, hablamos de lo que habla todo el mundo cuando se conoce, como personas normales.
Que tarde tan bonita, no fue soleada, pero estuvo llena de luz, por eso procuramos vernos mas de la mitad de las tardes de este último calendario.
Lucio, vive con su abuela, cerca a la Oficina de Abogados para la que trabaja. Sus caminos son los mismos, no porque no pueda caminar por otros, sino porque ha elegido los mas agradables, por eso es fácil adivinar por qué camino se dirige a su casa cada día y hora de la semana. Le fascina bailar, escribir y llorar. Pero llora, sólo de felicidad.
Qué presumida había sido, al pensar que nadie podría ser mas feliz que yo, aunque los que me veían por primera vez me vieran con una infundada lástima, a la vida llegué sin manos, pero en esto no me fijé jamás, elegí un oficio en el que es impensable no usarlas, pero he adquirido gran agilidad y precisión con mis pies. Siempre en cada salón de clase he tenido un escritorio diferente, pues no escribo en una mesa, escribo bajo mis pies. Estoy en la Tuna de la Universidad, y soy la sensación, pues soy maravillosa tocando la pandereta y sí, con mis pies, si tuviera manos, no recibiría tantos aplausos.
Con Lucio, no teníamos mucho en común, y eso era lo que mas nos agradaba, hablábamos de tantas cosas, de cosas tontas, de ciegos, de mancos, pero casi nunca de nosotros.
Nos premió la vida encontrándonos, y lo agradecíamos cada día que nos veíamos, o bueno, que yo lo veía. Si me miraban por ser distinta, al caminar con Lucio no solo nos miraban, nos envidiaban, no exagero cuando digo que despertábamos envidia, lo que para nosotros era natural, para otros resultaba ser un esfuerzo, solo le reprochábamos a la vida el no habernos encontrado desde que nacimos, pero se estaba reivindicando, porque no había nada que disfrutáramos mas que el encontrarnos.
Lucio, en una de aquellas tardes me vendó los ojos y luego se amarró las manos; caminamos por las mismas calles, yo con un pánico impresionante, pues luego de ser un complemento el uno para el otro, no éramos más que un par de creaturas desamparadas en medio de la feroz ciudad. No me cuesta imaginar lo mucho que nos miraban y lo mucho que pudieron haberse burlado de nosotros, pero lo que ellos no entenderían, era lo mucho que nos estábamos burlando de ellos.
Lucio se convirtió en mi mejor amigo, el hombre que jamás pensé encontrar, el cómplice que no imagine tocar, porque aunque no tenía manos, yo habría logrado tocar lo mas profundo de su alma, así como él sin tener luz, había logrado ver hasta el mas profundo de mis secretos.
No podemos vivir ahora el uno sin el otro, no como los enamorados, aunque nos amemos, sino como las personas distintas que somos. No somos el uno para el otro, no somos el uno sin el otro; no soñamos con el futuro, ya estamos en el futuro; él no desea unos ojos, como yo no deseo unas manos, no nos hacen falta, al contrario, sabemos que el día que aparecieran o los ojos o las manos, ya no nos necesitaríamos como hoy, ni disfrutaríamos de complementar al otro como lo hacemos ahora.
Cada línea de esta historia la hemos escrito juntos, somos los protagonistas pero no tiene un final feliz, somos felices, pero no hay final. Seguimos caminando por las calles, riendo a carcajadas sin importar la cantidad de espectadores, porque hemos comprendido, que no somos distintos, distintos son ellos que no se necesitan como nos necesitamos Lucio y yo.
No nacimos incompletos, nacimos para estar juntos siempre, por eso yo no me atrevo a decir que Lucio no tiene ojos, porque con los míos lo ve todo, y menos yo podría decir que no tengo manos, porque las manos de Lucio escriben lo que vivimos, y a nuestros pies entonces, tenemos el mundo, nuestro mundo.
